La segunda cosa fue la que me dejó callada. Casi todos los productos que Carmen se había echado encima, y los que se echaban las otras ochocientas, llevaban alcohol. Mucho alcohol. Entre un sesenta y un setenta por ciento. Y además tenían un pH muy bajo, muy ácido.
Piénsalo así. La cuchilla te acaba de abrir la piel. Encima de esa piel abierta te echas algo con alcohol. Es como desinfectar un corte reciente en el brazo con alcohol de farmacia. Ese ardor que sentías y en el que confiabas ("si escuece, es que está funcionando") era literalmente alcohol entrando en una herida abierta.
Y una piel abierta, agredida cada semana, hace lo único que sabe hacer para defenderse: fabricar más pigmento. Esa es la marca marrón. No es una cicatriz. Es tu propia piel protegiéndose de un ataque que le hacías tú sin saberlo, semana tras semana.
Estabas tratando el pelo. Y castigando la piel.